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sábado, 29 de septiembre de 2012

¿Qué son las profecías?


No despreciéis las profecías, antes bien examinadlas detenidamente y ateneos a lo bueno The., V, 16-21


La profecía es una palabra de origen griego que significa visión de cosas lejanas[1]. El profeta ve muy lejos, ve lo que los demás mortales no tienen a su alcance, ve lo que está a distancia en el orden del espacio y lo que el tiempo tiene reservado.


El profeta es un hombre de la misma especie que los demás. Pero lo que le constituye profeta es la voluntad de Dios que le exige para, por su mediación, comunicar a los demás hombres ciertos acontecimientos que de forma natural no podrían conocer y cuyo conocimiento les es necesario para alentar su esperanza en situaciones gravísimas, para sostener su confianza en la divina Providencia.

La profecía,  propiamente dicha, es la predicción cierta y concreta de futuros libres.

Hay que distinguir entre la profecía y la conjetura, que no pasa de ser una manifestación vacilante de lo que se supone va a acaecer. El profeta afirma terminantemente. Jesucristo le dice a Pedro: esta noche me negarás. El profeta concreta hechos y circunstancias. Jesucristo dice a San Pedro: “Antes  que el gallo cante dos veces, tu me negarás tres”. Detalla el hecho con todas sus circunstancias: aquella noche, no la siguiente; el doble canto del gallo; y todo esto contra las protestas de San Pedro, quien jura y perjura que no le negará. Puede negarle, puede no negarle. Esto depende de su voluntad, es un futuro libre. Jesucristo se lo anuncia. Hace una verdadera profecía.

Las profecías pueden ser canónicas y privadas. Son canónicas todas las contenidas en el Depósito de la Revelación, esto es las contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento y por formar parte de la Revelación son de creencia obligatoria.

Las profecías privadas son manifestaciones que Dios hace de vez en cuando a los hombres escogiendo para este menester a determinados individuos, revelándoles acontecimientos futuros, para prevenirlos si son aciagos o alentarlos si son halagüeños y sepan, en todo caso, que nada ocurre sin que el Señor lo sepa y lo determine.

El espíritu profético continúa en la Iglesia. El profeta Agabo de quien se nos habla en los Hechos de los Apóstoles, es buena prueba de ello. Ese espíritu profético continúa a través de los tiempos en los grandes santos de la Iglesia, y en las personas muy de Dios a las que el Señor quiere regalar sus confidencias a través de este don. El problema consiste en saber cuando estas profecías privadas son verdaderas o son elucubraciones del supuesto vidente o profeta. En las canónicas al ser parte de la Revelación no hay este problema pues son de creencia obligatoria. En las privadas hay que ver si
se oponen en algo al magisterio de la Iglesia, en cuyo caso serian falsas o contradicen a las canónicas contenidas en la Revelación. En todo caso hay
que aceptar siempre lo que la Iglesia decida sobre cada profecía pues  tiene el criterio de saber discernir lo que procede de Dios de lo que sólo es cosa de los hombres.



[1] Seguimos a L. Galuá en su obra “Futura grandeza de España según notables profecías”

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