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sábado, 29 de septiembre de 2012

Profecías del Reino en el Antiguo Testamento


Así en el libro 2º de Samuel, en el capítulo 7º el Señor hace la promesa a David del trono perpetuo:
            “Hácete, pues, saber Yahvé que él te edificará casa a ti; y que, cuando se cumplieren tus días y te duermas con tus padres, suscitaré a tu linaje, después de ti, el que saldrá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre y yo estableceré su trono por siempre.
Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad”.

Y Ezequiel en 34,23 habla del nuevo David y dice:
               “Suscitaré para ellas un pastor único, que las apacentará. Mi siervo David, él las apacentará, él será su pastor. Yo Yahvé seré su Dios, y mi siervo David será príncipe en medio de ellas”.

Isaías, que supo ver como ningún otro profeta al Mesías redentor, también vio al futro rey y a sus sucesores, luego si son varios los príncipes a los que se está refiriendo, no puede tratarse de Nuestro Señor Jesucristo, sino de sus vicarios temporales, cuando habla de la nueva era de Judá en el capítulo 32 y dice:
                 “He aquí que reinará un rey en justicia y gobernarán príncipes en juicio. Cada uno será como abrigo contra el viento, como refugio contra la tempestad, como corriente de agua en tierra sedienta, como sombra de una gran roca en tierra desértica”.

El santo rey David en sus salmos no solamente vio a Dios hecho hombre como Mesías cuando dice “dijo el Señor a mi Señor”. También vio a sus sucesores, reyes vicarios del Señor, ser socorridos y amparados por Dios en la guerra, cuando dicen en el salmo 20:

                   “Ahora sé que otorga Yahvé la victoria  a su ungido, que le responde desde su santo cielo con las proezas salvadoras de su diestra”.

Y sabe distinguir David perfectamente a su Dios, como rey del universo cuando habla de la venida de las gentes al reino de Dios y dice en el salmo 47:
                     “Porque es Yahvé el Altísimo, el Terrible, el gran Rey sobre toda la tierra”.

Y a ese Dios hecho hombre, rey del universo y Mesías redentor lo describe de la forma más bella y clara en el salmo 72 dedicado al rey Mesías, o en el salmo 110, donde proclama que el rey Mesías será sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.

Este reino futuro ha sido explicitado por el Señor que tendrá su plenitud y su desarrollo en una familia concreta: La familia real de Portugal. Veamos la profecía que se contiene en el juramento que prestó el rey fundador de la dinastía D. Alfonso Henríquez.

Visiones y profecías del profeta Daniel


Dios se mostró al profeta Daniel en un Trono de grande majestad, donde dio el imperio universal de todas las gentes á uno, llamado  como Hijo del hombre.

 Y ¿quién es el como Hijo del Hombre?. El Hijo del Hombre es Cristo; el como Hijo del Hombre, es el como Cristo ó Vice Cristo.

En suma, así como Cristo, en cuanto Supremo Señor en lo espiritual, hizo un Vice Cristo con el poder universal de la Iglesia, que es el Sumo Pontífice, así en cuanto Supremo Señor de lo temporal, ha de hacer otro Vice-Cristo con el poder universal del mundo, que es el Emperador que regirá el Reino del futuro.

El sueño de Nabucodonosor.

El año doce del reinado de Nabucodonosor tuvo éste un sueño y turbóse en su espíritu, sin que pudiera dormir. Hizo llamar a magos y astrólogos, para que explicasen al Rey su sueño. Solamente Daniel fue capaz y dijo: ( Daniel 2, 31 )

Tú, ¡ oh rey, ¡ mirabas y estabas viendo una gran estatua. Era muy grande la estatua y de un brillo extraordinario. Estaba en pie ante ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de la estatua era de oro puro; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus caderas, de bronce; sus piernas, de hierro, y sus pies, parte de hierro y parte de barro. Tú estuviste mirando, hasta que una piedra desprendida, no lanzada por la mano, hirió a la estatua en los pies de hierro y de barro, destrozándola. Entonces el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se desmenuzaron juntamente y fueron
como tamo de las eras en verano; se los llevó el viento, sin que de ellos quedara traza alguna, mientras que la piedra que había herido a la estatua se hizo una gran montaña, que llenó toda la tierra.

He aquí el sueño; daremos también al rey su interpretación:
Tú, ¡oh rey!, eres rey de reyes, porque el Dios de los cielos te ha dado el imperio, el poder, la fuerza y la gloria. El ha puesto en tus manos a los hijos de los hombres, dondequiera que habitasen; a las bestias de los campos, a las aves del cielo, y te ha dado el dominio de todo; tú eres la cabeza de oro. Después de ti surgirá otro reino menor que el tuyo, y luego un tercero, que será de bronce y dominará sobre toda la tierra. Habrá un cuarto reino, fuerte como el hierro; como todo lo rompe y destroza el hierro, así él romperá todo, igual que el hierro que todo lo hace pedazos.

Lo que viste de los pies y los dedos, parte de barro de alfarero, parte de hierro, es que este reino será dividido, pero tendrá en sí algo de la fortaleza del hierro, aunque viste el hierro mezclado con el barro. Y el ser los dedos parte de hierro, parte de barro, es que este reino será en parte fuerte y en parte frágil. Viste el hierro mezclado con barro porque se mezclarán por alianzas humanas, pero no se pegarán unos con otros, como no se pegan el hierro y el barro.

En tiempo de esos reyes, el Dios de los cielos suscitará un reino que no será destruido jamás y que no pasará a poder de otro pueblo; destruirá y desmenuzará a todos estos reinos, mas él permanecerá por siempre. Esto es lo que significa la piedra que viste desprenderse del monte sin ayuda de mano, que desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El Dios grande ha dado a conocer al rey lo que ha de suceder después. El sueño es verdadero, y cierta su interpretación.

Visión de las cuatro bestias.

Tuvo Daniel un sueño, y vio visiones de su espíritu mientras estaba en su lecho. Enseguida escribió el sueño:

Yo miraba durante mi visión nocturna, y vi irrumpir en el mar Grande los cuatro vientos del cielo y salir del mar cuatro bestias, diferentes una de otra.

A continuación describe Daniel a las cuatro bestias y más adelante explica la interpretación de cada bestia diciendo:

Esas grandes bestias, las cuatro, son cuatro reyes que se alzarán en la tierra. Después recibirán el reino  los santos del Altísimo y lo retendrán por siglos, por los siglos de los siglos. Sentí entonces el deseo de informarme más exactamente acerca de la cuarta bestia, tan diferente de todas las otras, sobremanera espantosa, de dientes de hierro y garras de bronce, que devoraba y trituraba y hollaba las sobras con sus pies, así como también acerca de los diez cuernos que tenía en la cabeza y de aquel otro que le había salido, y ante el cual se le habían caído tres, y que tenía ojos y boca que decía grandes arrogancias, y parecía más grande que todos los otros. Vi yo que este cuerno hacía guerra a los santos y los vencía, hasta que vino el anciano de muchos días y se hizo justicia a los santos del Altísimo, y llegó el tiempo en que los santos se apoderaron del reino.

 El cuarto reino

Díjome así: La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda y la triturará. Los diez cuernos son diez reyes que en aquel reino se alzarán, y tras ellos se alzará otro que diferirá de los primeros y derribará a tres de estos reyes. Hablará palabras arrogantes contra el Altísimo, y quebrantará a los santos del Altísimo, y pretenderá mudar los tiempos y la Ley. Aquellos serán entregados a su poder por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo. Pero se sentará el tribunal y le arrebatarán el dominio hasta destruirle y arruinarle del todo, dándole el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino será eterno, y le servirán y obedecerán todos los señoríos.

Queda muy claro en Daniel, que en la historia habrá cuatro imperios que perseguirán a los santos de Dios y que al fin vendrá un quinto imperio que será el imperio de los santos de Dios, el reino por cuya venida pedimos en la oración que nos enseño Cristo: el Padrenuestro.

Será el triunfo de la Iglesia Católica, pues eso significa el pueblo de los santos del Altísimo y ese triunfo lo realizará el Señor por medio de su “Como Hijo del Hombre o Vice-Cristo”, esto es, el Emperador del Mundo de quien se refieren todas las profecías.

Los enemigos de los santos del Altísimo que pretenden mudar los tiempos y la Ley es el Islam. La secta blasfema de la divinidad de Cristo que ha sido durante siglos el azote de la Cristiandad.

Conocemos, por tanto, el fin de nuestra investigación que nos viene revelada por el Antiguo Testamento y no solamente por Daniel a quien hemos trascrito, sino por innumerables profecías que nos hablan del futuro Reino culminación en la Historia del triunfo de Cristo. Profecías que solo han tenido un cumplimiento parcial: la más importante, la espiritual, la que marca la reconciliación de Dios con el hombre, la redención del hombre anunciada por todas las profecías mesiánicas que prometían la venida de un Redentor  y que tuvo su cumplimiento pleno con la venida al mundo del Hijo de Dios, con su pasión, muerte y resurrección. Con la venida de Cristo al mundo el hombre fue redimido del pecado pero este mundo que ha contemplado a un Mesías doliente que entrega su vida por salvar a los hombres, ha de contemplar también a ese Mesías  triunfante, Rey de reyes tal como le contempla el salmo 2 e innumerables profecías a lo largo de todo el Antiguo Testamento.

Para llegar a ese futuro Reino, el Señor ha ido dando avisos a lo largo de los siglos a los hombres a través de sus apariciones, a través de las apariciones de su santísima Madre y de las revelaciones de toda índole que jalonan la marcha del pueblo de Dios a través de la Historia.

Solo  mencionaremos algunas de las citas de ese reino futuro existentes en el Antiguo Testamento de entre las innumerables que hay y que motivaron, al no cumplirse con la venida de Nuestro señor Jesucristo, el rechazo de las autoridades del pueblo judío a Nuestro Señor. No supieron ver en el Mesías doliente al rey de reyes. No supieron distinguir las profecías referentes a la redención de las que hablan del reino futuro y su monarca, que ya no es Dios hecho hombre, sino su vicario en lo temporal al igual que Pedro y sus sucesores son sus vicarios en lo espiritual.

El Reino de Dios y el Reino de Cristo


Hay que distinguir lo que es el Reino de Dios en sentido amplio de lo que es el Reino de Cristo en específico. Esta falta de distinción llega a  confundir fácilmente, pues existe la creencia común de que el Reino de Dios sólo se va a realizar y tendrá lugar únicamente en el Cielo y en la vida eterna, y no se hace mención al Reino de Cristo en la tierra, o en su caso, se suele identificar este Reino de Cristo en la tierra con la vida de la Iglesia que se extiende por todo el orbe.

En la Sagrada Escritura se utiliza en ocasiones el término Reino de Dios para definir varios significados distintos y al mismo tiempo integrantes de una misma realidad y de un mismo plan divino. Es una especie de diversidad dentro de la unidad querida por Dios. Así tenemos por ejemplo:
El Reino como reino de la verdad, el cual existe desde que nace Cristo y viene “al mundo para dar testimonio de la verdad” (Juan 18,37), tal  y como se lo dijo a Pilatos.

El Reino como reino espiritual de las almas. Para hablar de este reino citamos a San Lucas que dice: “El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: vedlo aquí o allá, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros

El  Reino como reino de la gracia a través de la Iglesia. Este reino de gracia es el que prepara al reino de gloria. El reino de gloria no se alcanzará sino por medio de la gracia, que se realiza y florece en lo íntimo del alma, en el seno de la Iglesia. Así por ejemplo tenemos el texto de San Pablo a los romanos que dice: “Porque el Reino de Dios no consiste en comer ni beber, sino en justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo

El Reino como reino de los Cielos. Este es el Reino de Dios que habrá en la vida eterna en el cielo, después de la última resurrección. De hecho, existe hoy en día este Reino de Dios sobre las almas bienaventuradas  y sobre el mundo angélico porque Cristo es Rey de todo lo creado, y existe también como reino espiritual por la verdad y por la Iglesia. Es pues el reino de los cielos plenamente perfecto sin sombra del mal y que se dará en la vida eterna.

El Reino como reino de Cristo en la tierra. Este es el reino del que habla el capítulo 20 del Apocalipsis. Jesús ante Pilatos se proclama abiertamente Rey y el Apocalipsis dice que vendrá como Rey y Juez al final de los tiempos; y la Iglesia celebra la fiesta de Cristo Rey.

Primer efecto: Unos resucitarán antes del Juicio Final.

Muchas cosas van a suceder en este Reino de Cristo en la tierra. De inicio habrá una primera resurrección.

Objeciones

No falta quien interprete que los “mil años” de los que habla San Juan comienzan a partir de la institución de la Eucaristía en la última cena por parte de Jesucristo, o a partir de su Ascensión a los Cielos, por lo que estos dos mil años de historia de la Iglesia serían en realidad el llamado Milenio del capítulo 20. Existen autores católicos y una corriente importante dentro de la Iglesia  que afirma que ya estamos viviendo este Reino Milenario de Cristo, que empezó con la muerte de Cristo en la cruz y se manifestó desde el día de Pentecostés, cuando el Reino de Cristo tomo cuerpo en la Iglesia visible. Así, todas las profecías de este reino mesiánico se están realizando progresivamente hoy en día con “el triunfo de la Iglesia” que poco a poco va conquistando al mundo hasta que llegue la supremacía espiritual y moral de la Iglesia sobre todas las naciones. No obstante, esta interpretación no la podemos admitir pues querer asimilar el Milenio con los dos mil años de la Iglesia trae un efecto distorsionado y caótico de las Sagradas Escrituras.

Reino de Cristo y Reino de los Cielos

Otros muchos creen que el Reino de Cristo no tendrá cumplimiento hasta el fin del mundo, con el inicio de la vida eterna en el Reino de los Cielos. Pero no es esto lo que dicen las Escrituras.

Es claro que este Reino de Cristo se realizará en la tierra. En la oración del Padre Nuestro, las tres primeras peticiones, es decir,

                    “santificado sea tu Nombre”
                    “venga a nosotros tu Reino”  
                    “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”

solo pueden tener sentido si son para cumplirse en la tierra, ya que en el Cielo están dadas y cumplidas totalmente. Así, el pedir “santificado sea tu Nombre” tiene que ser una petición para la tierra puesto que en el Cielo se cumple a la perfección. Lo mismo “venga a nosotros tu Reino” implica pedir que venga a la tierra, pues si fuera el reino de los cielos tendríamos que pedir no que viniera sino que nosotros fuéramos a él. Y lo mismo respecto a la tercera petición que por si misma se explica: “hágase tu voluntad en la tierra como (se cumple) en el cielo”.

Por otro lado,  tenemos la cita de la Anunciación del ángel a María en la que le dice que “este (su hijo Jesús) será grande y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin”.

Aquí es claro que se le promete a Jesús que ese reino no puede ser en el cielo, sino en la tierra, porque el trono de David no estuvo en el Cielo sino en Jerusalén.

Lo mismo se aplica a las palabras de Cristo a Pilatos y que según el original griego dicen “…mi Reino no es de este mundo….más ahora mi Reino no es de aquí..”

Por tanto, su Reino ahora no es de aquí, pero lo será cuando lo instaure en la tierra a partir de la Parusía.

Pero para que venga el reino ha de venir antes su Rey a establecerlo.

 El Señor ha querido que su Iglesia le pida de forma “oficial” su vuelta a la tierra. En efecto, Pablo VI realizó la reforma de la Liturgia y modificó la Misa, hasta entonces vigente, de San Pío V. En la modificación de la Misa introdujo, inmediatamente después de la Consagración, cuando el sacerdote anuncia a los fieles: “Este es el Sacramento de nuestra Fe” y los fieles responden en una de las fórmulas creadas y que ha tenido mayor aceptación de los fieles: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!. Es decir, la Iglesia, en su oración oficial, la Santa Misa, le pide al Señor que venga, empleando la última frase con que concluye el Apocalipsis.

Sabemos que el Señor no le niega nada a su Iglesia, y si ésta, de la forma más solemne y oficial, en la Misa, le pide su vuelta, el Señor volverá.

Si el Señor ha de volver para fundar su Reino en la tierra, antes nos lo ha venido avisando desde hace siglos y siglos a través de sus profetas, sus santos y sus almas santas a lo largo de toda la historia de la humanidad.   

 Veamos, por tanto, que es lo que nos ha dicho el Señor a través de sus profetas empezando por Daniel.


La Parusía. El Reino de Cristo, primero en la tierra, luego en el Cielo


El tema de la Parusía es el más trascendental e importante de toda la Sagrada Escritura. A  través de toda la Revelación, Dios ha ido anunciando y preparando dos acontecimientos fundamentales para la historia de la salvación: La Parusía del Señor y el advenimiento del Reino de Cristo en la tierra. En el Antiguo Testamento, las dos venidas del Mesías estaban profetizadas conjuntamente, de manera que por momentos no  se distinguía la primera de la segunda. Por su parte, en el Nuevo Testamento se anuncia repetidamente la vuelta del Mesías en Poder y Majestad, como Rey y Juez. A este acontecimiento se le conoce como Parusía, que en griego significa “presencia” o “manifestación”, y es el tema esencial del Apocalipsis.

Cuando se habla de la Parusía de ordinario se entiende sin más que nos estamos refiriendo a la segunda venida de Cristo, acontecimiento que como tal es dogma de fe; pero a la Parusía hay que dar una connotación más amplia, puesto que no se reduce a un único acontecimiento histórico en el que Jesucristo regresa en medio de las nubes para juzgar a los hombres y dar a cada quien lo suyo e iniciar la vida eterna en el Cielo, sino que la Parusía abarca todo un largo tiempo en el que se inaugura a plenitud el cumplimiento del plan de Dios para con el género humano, primero en su etapa dentro de la historia, con el Reino de  Cristo en la tierra, que va a culminar cuando “Cristo entregue su Reino al Padre, una vez habiendo sometido a sus pies a todos sus enemigos”, (I Cor. 15,23) inaugurando entonces la etapa más allá de la historia con la prolongación del  Reino de Cristo en el Cielo y que no tendrá fin.

Entre otros grandes bienes, la Parusía de Cristo traerá principalmente el establecimiento de su Reino en la tierra plenitud.

Dice el Apocalipsis al toque de la séptima trompeta:

                  “El reinado en este mundo
                   es ya de nuestro Señor y de su Cristo,
                   que reinará por los siglos de los siglos”.

En efecto, el Apocalipsis habla del comienzo del Reino de Cristo inmediatamente después de que el Señor ha manifestado su ira contra las naciones. Dice así:

                   “Te damos gracias,
                    Señor Dios Omnipotente,
                    El que es y el que era
                    Porque has ejercido tu inmenso poder
                    y has comenzado a reinar”

Más adelante encontramos el cántico de los salvados y que están sobre el mar de cristal llevando la cítara de Dios, y cantando el cántico de Moisés y el cántico del cordero diciendo:

                     “¡Grandes y admirables son tus obras,
                     Señor, Dios Omnipotente!
                     ¡Justos y verdaderos tus caminos,
                     Rey de las naciones!  

 Múltiples y frecuentes son las citas de la Sagrada Escritura que anuncian y confirman el Reino de Cristo en la tierra. Un reino universal sobre todos y sobre todo.

En efecto de la revelación cristiana se deja claramente asentado que Jesús es por derecho Rey de todo, Rey Universal, Hijo de Dios con poderío a partir de la resurrección (Rom. 1,1); pero en toda la historia de esta era cristiana en que vivimos ha quedado demostrado que Él no ha sido, ni mucho menos, el Rey universal de hecho… es decir, Jesucristo, señor Dios nuestro, no ha tenido hasta hoy el ejercicio pleno, satisfactorio, incontrastable de poder soberano que anuncian tantas profecías.

Pero a pesar de todo, los designios son inexorables y tienen fiel cumplimiento. Por tanto, tienen que venir necesariamente los tiempos en que Jesucristo, el ungido del Padre, sea de verdad, indiscutiblemente, el Señor y Rey de todos y de todo, aquí en esta tierra, antes de que este mundo sea consumado.
Y así le respondió el propio Jesús al Procurador romano a su pregunta de si él era rey: “Tú lo has dicho, Yo soy Rey, para esto nací y para esto he venido al mundo” (Juan 18,37). Pues  precisamente es en la Parusía donde se destaca el escenario histórico donde Cristo se convertirá en el único Señor de Cielos y tierra, completándose así entonces la petición al Padre que el mismo Cristo nos enseñara: “…venga a nosotros Tu Reino

Es en el prefacio de la misa de Cristo Rey donde canta la Iglesia lo siguiente:

 “En verdad es justo, equitativo y saludable… Señor Santo, Omnipotente y Eterno, que ungiste con el óleo de la alegría a tu Hijo Jesucristo como Sacerdote Eterno y Rey de todos… y una vez sometidas  a Su imperio todas las cosas, entregase a Tu inmensa majestad un reino eterno y universal…”

Así pues, la fe de la Iglesia canta que Jesucristo es Rey de todos; no de muchos o de algunos sino de todos.  De hecho y de derecho, y este cumplimiento absoluto se dará en la Parusía. Se cumplirá así admirablemente el texto de San Pablo a los efesios: “Dios ha querido ahora darnos a conocer el misterio de su voluntad… lo que Él se propuso en un principio para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo, lo de los cielos y lo de la tierra, quede restaurado en Cristo, bajo su jerarquía soberana”(1,9-10). Así pues, este Reino de Dios en la tierra coincidirá con la Parusía de Cristo de poder y de gracia en la que será servido, adorado y glorificado como único Señor de Cielos y tierra, porque como dice San Pablo “El debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (I Cor. 15,24) 

El reino se Dios o el reino se los Cielos


El reino de Dios o reino de los Cielos se convirtió en el tema central de la predicación de Jesús y así aparece en sus labios 13 veces en S. Marcos, 36 veces en S. Mateo y 21 veces en  S. Lucas y 2 veces en el Evangelio de S. Juan. Y no solo se convirtió en el tema central de la predicación de Jesús sino que, además, lo llenó de nuevo contenido.

 En el judaísmo antiguo había dos expresiones de la concepción del reino de Dios. Así se habla de un Reino duradero y de un Reino futuro de Dios. Esta distinción se remonta al Antiguo Testamento, aunque tardíamente, al menos en su expresión explícita. Por primera vez, la distinción aparece en Daniel (4, 31), donde se habla del Reino en el presente: “Yo alabé y exalté al que vive eternamente, cuyo imperio es eterno y cuyo Reino reina por todas las edades”. Y del futuro reino se nos habla cuando dice en (2, 44): “En tiempo de estos reyes, el Dios del Cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará  y aniquilará a todos estos reinos y él subsistirá eternamente”.

Es verdad que Dios es el Creador del universo entero y de todas las naciones, pero las naciones se apartaron de Él. El Reino de Dios se hace patente allí donde los hombres por decisión de su voluntad se hacen obedientes a la Ley. El judío, al hacer su proclamación y oración pública, reconociendo la Fe en un Dios único, proclama así su señorío sobre Israel.
El pagano que se convierte, carga sobre sí el yugo del reino de Dios en el presente, que está limitado y oculto, porque Israel se halla bajo la servidumbre de los pueblos paganos, los cuales rechazan el Reino de Dios. Pero llegará la hora en que esta disonancia se resuelva. Israel será liberado y el Reino de Dios, entonces, se manifestará en toda su gloria. “Cuando el culto idolátrico haya sido erradicado juntamente con sus adoradores... entonces Yahvé será Rey sobre toda la tierra” (Zac. 14, 9).

En resumen, el judaísmo antiguo  confiesa a Dios como el Rey cuyo reinado en el tiempo cósmico presente, se  extiende sólo sobre Israel, pero que al fin de los tiempos ha de ser reconocido por todas las naciones.

¿Pensaba en el reino presente o en el reino futuro de Dios?

Por lo pronto las dos peticiones  del “Padrenuestro” que enlazan con el “quaddish” u oración de los judíos (Mt. 6,10 y Lc. 11, 2) inducen a pensar que con toda seguridad empleó las dos frases en sentido escatológico o referente a las postrimerías, y así lo confirman otros varios pasajes, y demuestran que la venida de este reino está introducida por el Juicio Universal o al menos por la Parusía.

Algunos afirman que cuando Jesús habla del Reino, casi siempre está pensando, al mismo tiempo, en el juicio final, que habrá de precederle. No estamos de acuerdo en absoluto según se expondrá a lo largo de estas líneas.

A la pregunta que hacen los fariseos sobre el tiempo que ha de transcurrir para que llegue el Reino, respondió Jesús con dos enunciados: 1º No se puede calcular por anticipado el tiempo de la revelación del Reino. 2º Ni tampoco el lugar, sino que el Reino está “en medio de vosotros “. La expresión “dentro de vosotros” por la que podría traducirse no parece la más apropiada y no hay referencia a ella en ninguna parte del Antiguo Testamento. “En este mundo esclavizado por Satanás, hace su aparición Jesús. Y viene con la autoridad de Dios, no sólo para ejercitar la misericordia, sino también, y principalmente, para emprender la lucha contra el Maligno.

Hemos de tener en cuenta que el Reino de Dios, y el Reino de los Cielos, expresiones que se alternan en los Evangelios, es la misma cosa, y la última un circunloquio para designar a Dios, que emplea sobre todo San Mateo, para evitar como todo buen judío, nombrar a Dios directamente. El reino de Dios es, por consiguiente, no una abstracción, sino algo que se está realizando: no es un concepto estático, sino un concepto dinámico, que designa la soberanía real de Dios ejerciéndose “in actu”.

El Reino de Dios puede tener distintos y varios significados, como puede comprenderse por las parábolas del Reino, que expuso Nuestro Señor, con significados y matices tan diversos. Sin embargo en una primera acepción, podríamos indicar que se refiere a diversas etapas o estadios de una realidad muy amplia. Debe comprender por consiguiente, todos los valores de la buena Noticia, como la justicia, el amor, la paz, la solidaridad humana, que deben formar el entramado de nuestra vida espiritual.

Por estos valores del Reino, anticipo de la bienaventuranza, se alcanzará la felicidad en la tierra, en su relativismo y no por los que ofrece el mundo y el Maligno, que es su poseedor. Estos valores tan seductores y que realizan la vida de muchos mortales, son el poder, la fuerza, las riquezas, los placeres, etc. Las motivaciones que transforman nuestra vida y sus circunstancias, son las que llamamos virtudes cristianas, que han informado al mundo cristiano, pero, que hoy día  se han desvirtuado y quieren ser suplantadas por otros valores materiales o pretensiones humanas de poder, fuerza, placer o mentira .

El reino de Dios podría tener otra connotación también de un reinado visible, espiritualizado, transformado, pero no glorificado. Difícil verdaderamente de comprender, pero no imposible de concebir y en consonancia con muchos textos de la Sagrada Escritura y comentarios de los Santos Padres. Sería el reino de la Verdad. En el interrogatorio de Pilatos al Señor que hemos trascrito antes, en Juan 18,37 dice:
 “Replicóle a esto Pilatos: ¿Conque tú eres rey? Respondió Jesús: “Así es, como dices: Yo soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que pertenece a la verdad, oye mi voz”.

Aquí nos expone el Señor la característica principal de su Reino: es un reino que se basa en la verdad. El mundo, poseído por el Maligno se caracteriza por ser el mundo de la mentira. Las dos principales características del Maligno, el ser homicida y padre de la mentira, se ve que son las notas o señales que informan en su estructura a todos los pueblos de la tierra.

 Los gobiernos llamados libres, no le dan el marchamo de demócrata a un gobierno hasta que no haya implantado la ley del aborto, del crimen legalizado de los niños. Es una característica típica para conocer a qué señor sirven los políticos que actúan así.

 La otra característica de la época actual es la mentira. Pero no la mentira corriente que emplean los políticos para captar votos. Se trata de la mentira convertida en Ley transformando así la justicia en injusticia. Se ve igualmente en esta faceta al señor al que sirven. El reino que implantará el Señor, será un reino basado en la justicia y la verdad, estará asentado en el derecho y durará por los siglos de los siglos.

Las estructuras jurídicas de este reino, tendrán que tener un contrapeso que limite la libre voluntad de los hombres pues hasta que no estén en el Cielo, siempre tendrán las tendencias al mal, lastre del pecado original. Este contrapeso no puede ser otro que la Iglesia Católica, que ha de recuperar el  derecho que siempre tuvo de poder derogar las leyes positivas de los distintos países cuando vayan contra la ley de Dios, incurriendo por tanto en tiranía, derecho que tuvo la Iglesia hasta que Lutero hizo saltar en pedazos a la Cristiandad.  Esto hará que el reino sea trasformado, que sea espiritualizado, que no sea glorificado pero que sus normas de derecho positivo, atemperadas por el poder espiritual, la Iglesia, constituyan un reino de verdad y justicia, es decir el reino de Dios.  

Ya San Juan Crisóstomo interpreta la petición “venga el Reino”, en doble sentido: “venga el reino escatológico y llegue el reino de Dios de ahora, aunque no sea tan definitivo”. Los cristianos desde hace muchos siglos (luego quiere decir que no fue así en los siglos primeros) rezan el Padrenuestro, pensando en la santificación actual del Nombre de Dios y en su Reino presente, más que en la santificación y reinado escatológico. Probablemente en el siglo primero los cristianos hacían lo mismo aunque  teniendo en cuenta el aspecto escatológico de las peticiones, más que ahora, porque vivían con más intensidad que nosotros la espera de la segunda venida del Señor y de su triunfo definitivo.[1]

Los magos de oriente llegan a Jerusalén  y preguntan a Herodes: ¿Donde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque nosotros vimos en oriente su estrella y hemos venido con el fin de adorarle (Mateo, 2, 2) y más adelante: Y encaminándolos hacia Belén, Herodes les dijo: Id e informaos puntualmente de lo que hay de ese niño, y en habiéndolo hallado, comunicádmelo, para que vaya yo también a adorarle (Mat., 2, 8).

 Estas frases nos indican varias cosas: 1º que unos magos, esto es, unos sabios de entonces, han conocido que ha nacido “el rey de los judíos” porque en oriente han visto “su estrella” .  2º que ese rey de los judíos es digno de adoración al igual que Dios. 3º que Herodes les dice que él irá también a adorarle aunque sus intenciones reales sean bien distintas. Estos puntos merecen alguna reflexión.

1º.- El que los sabios de oriente conocieran por un fenómeno celeste: la estrella, que había nacido el rey de los judíos, significaba que conocían las promesas mesiánicas contenidas en el Antiguo Testamento que profetizaban la venida de un rey en Israel y si supieron que se habían cumplido las profecías mesiánicas fue al ver su estrella. Ellos eran sabios, por lo tanto eran alquimistas además de astrólogos.

 En la alquimia, tras un largo periodo de fusión de los metales, se produce, al fin, el nacimiento, en el fondo de la retorta, de la piedra filosofal, al principio del tamaño de una lenteja o de un haba y que irá después en un lento proceso creciendo hasta alcanzar su tamaño y características definitivas.
Cuando se produce el nacimiento de lo que será después la piedra filosofal, en la superficie de la retorta se forma una estrella que indica al alquimista que se ha producido el feliz acontecimiento.[2]
 Los magos de oriente, sabios alquimistas, supieron que había nacido el rey del universo al ver aparecer la estrella pues saben que, en el universo, todo es igual arriba y abajo.
 Este es el simbolismo de San Cristóbal, de Cristoforo, el que lleva o porta a Cristo, que es como se le representa siempre, llevando al niño Jesús sobre sus hombros, y que equivale a Crisnóforo, el que porta el oro, que es la piedra filosofal. Es el mismo simbolismo del roscón de Reyes, que se toma el día de la Epifanía del Señor, el 6 de enero, esto es, la manifestación de Dios niño al mundo y que para que cumpla los requisitos del símbolo  debe tener escondido en su interior un haba o un pez, un delfín, que es el nombre del príncipe, en Francia, del que con el tiempo habrá de ser rey, al igual que de la retorta con el tiempo habrá de nacer el rey que es la piedra filosofal.

Los magos de oriente conocían perfectamente, al ver el fenómeno cósmico de la estrella, que había nacido el rey del Universo, y como eran cultos y conocían las Sagradas Escrituras, sabían que ese rey sería judío y de la estirpe de David. Lo que no podían saber es que el reino que entonces nacía era el reino espiritual del Mesías doliente. Ellos no podían conocer que el otro reino, el temporal, del Mesías, tendría lugar y nacería en otra época de la historia. El nacimiento del Mesías, Cristo Jesús, originó en el universo el nacimiento de una estrella que lo anunciaba. Los sabios de entonces lo comprendieron así y siguieron a la estrella para adorar al Niño, Rey del Universo. Cuando vuelva el Señor en su segunda venida, como Mesías triunfante, Rey de reyes, volverá a aparecer la estrella en el firmamento para anunciar al mundo que viene su Señor, en su segunda venida, a establecer su Reino.

    2º.- Los magos van a adorar a ese niño. Lo que ellos han visto producirse en la retorta de sus laboratorios les indica que el fenómeno cósmico del nacimiento de esa estrella, es la señal del nacimiento de Dios hecho hombre y niño y por tanto reclaman el poder ir a adorarle. Ellos saben que todo lo que ocurre en el macrocosmos es igual a lo que ocurre en el microcosmos, que todo es igual arriba que abajo y por ello conocen que las promesas mesiánicas hechas al pueblo de Israel, han tenido cumplimiento.

    3º.- Herodes también dice que irá a adorarle, luego sabe que ese niño, rey de los judíos, es Dios hecho hombre, pues sabe, como rey de los judíos que es, que sólo se puede adorar a Dios.

Hemos visto que desde el nacimiento de Nuestro Señor, la Sagrada Escritura ya nos le muestra como Dios rey del Universo.

 Todos los creyentes que en un ejercicio libre de su voluntad renuncian  a sus pasiones, a su concupiscencia, a la mentira, por amor a Dios, se hacen hijos de Dios y herederos de su reino y aquí, en su tránsito terrenal, ya son las piedras vivas del Reino de Dios, puesto que constituyen su Cuerpo  y su Templo vivo. Y este colectivo que forman los hijos de Dios, son los Santos del Altísimo, a quien el Señor les dice que le pidan la venida de su reino, la venida del reino de los Cielos que ha de germinar en sus corazones, y que es labor de la vida entera de cada hombre y la venida de ese reino formado por todos los hijos de Dios que mostrará al mundo, que le conoció en su primera venida humilde y doliente, el triunfo final y definitivo de Cristo como Rey de reyes, Señor y Rey del Universo.

   Aquí nos estamos refiriendo al triunfo final de los hijos de Dios sobre los hijos de las tinieblas y al establecimiento de un Reino culmen de las promesas de Dios a lo largo de todos los siglos, a través de sus profetas, que durará hasta el fin de los tiempos. Al igual que tuvo cumplimiento la gran promesa espiritual de la Redención, aunque tardó siglos en cumplirse, tendrá lugar la realización de la promesa del triunfo final de los santos del Altísimo y del establecimiento de su Reino, pues las promesas de Dios son inmutables.



[1] Revista El Olivo, Alejandro Díez Macho, Catedrático de Hebreo de la Universidad de Madrid..
[2] El Misterio de las Catedrales de Fulcaneli.

Milenarismo


El Apocalipsis (c. 20) anuncia que Satán estará encadenado mil años, tiempo en que los mártires vivirán y reinarán con Cristo.
Aunque desde los primeros siglos del cristianismo estuvo muy presente en la mentalidad de los primeros creyentes la idea del retorno o vuelta del Señor, que muchos llegaron a creer ser inminente, como puede constatarse en las frecuentes referencias de las cartas de San Pedro, San Pablo, Santiago y manifestaciones de los Evangelistas, este dogma de fe quedó muy oscurecido y difuminado durante muchos siglos hasta nuestros días, en que, al golpe de los acontecimientos y calamidades que azotan a la Humanidad, ha vuelto a revalorizarse y animarse, quizá debido a la inminencia de su establecimiento, como lo entendió la primera generación de los tiempos apostólicos.

Porque hasta el siglo IV, tiempos de San Jerónimo y San Agustín, eran muchos los escritores y mártires que presentían un reinado de Nuestro Señor en la tierra, durante un tiempo; de tal manera que San Jerónimo, el primer develador de estas ideas del Milenario nunca se atrevió a condenarlo, porque muchos escritores y santos de los primeros tiempos del cristianismo lo habían defendido y propagado. Así se deduce de la Didaké, la epístola del pseudo Bernabé, San Justino, Tertuliano, San Ireneo, etc.[1]

Son muchos los autores y Santos Padres de los primeros siglos favorables a admitir un reinado del Señor sobre la tierra, aunque algunos no comprendan el modo o manera de realizarse, y así pudieron dar lugar a algunas teorías reprobables.

He aquí algunos testimonios favorables a un reinado social o espiritual del Señor sobre la tierra:
-         La epístola del seudo-Bernabé (Cap. XV, 4-9).
-         La Didakhé (Cap. XVI).
-         Papías, citado por Eusebio (Ecl. III, 39).
-         San Justino (Diálogo con Trifón, Cap. LXXX).
-         San Ireneo (Contra las Herejías, 32-35).
-         Tertuliano (que dice que cree en el Reino, después de la vuelta de Jesús y que ha tratado sobre ello en su libro “De spe fidelium”, hoy perdido.
-         Lactancio (Div. Institut., VII,21)
-         San Ambrosio (“De bono mortis”, 45-47):
-         Sulpicio Severo (Diall, Gallis, 11, 14).
-         San Agustín (Sermón, 259, 2).

Además de los relacionados, podemos añadir otros muchos, entre ellos a San Teófilo, obispo de Antioquia, a San Melitón de Sardes, Policrates obispo de Efeso, al mártir san Victorino, a San Metodio obispo de Olimpia, a San Epifanio, a San Cirilo  de Alejandría, y a otros varios, de tal forma que puede sostenerse que era doctrina común y muy extendida en las comunidades de Oriente, de África y de las Galias en los cuatro primeros siglos del cristianismo hasta la refutación violenta de San Jerónimo, que sin embargo de rebatirla, confiesa que no se atreve a condenarla por reverencia a tantos santos y mártires que la defendieron.

A principios del siglo V decía San Jerónimo “que una gran multitud de doctores católicos  seguía el partido de los Milenarios y que muchos varones eclesiásticos y mártires  también lo defendieron.

San Papías atribuye estas sentencias a la “Tradición Apostólica”. Por otra parte después de San Jerónimo y de San Agustín, que al principio fue milenarista, ha habido exegetas que se han inclinado por un Milenarismo más o menos espiritual como San Beda el Venerable, San Beato de Liébana, San Alberto Magno, Alcuino, Berengario, Nicolás de Lira, Joaquín de Fiore, EL Venerable Holzhauser, el jesuita P. Lacunza con casi todos los exegetas protestantes hasta nuestros días, a los que se pueden añadir multitud de libros, autores y personas que entienden los textos sagrados en sentido propio y literal sin acudir a alegorías, que desvirtúan el sentido obvio, fuera de algún pasaje de excepción.

 Conviene sin embargo aclarar el estado de la cuestión en la actualidad, distinguiendo en primer lugar entre Milenarismo craso que algunos denominan Kiliasmo y el espiritual o Reino de Dios en la tierra por los Sagrados Corazones de Jesús y María, que es el que seguimos en esta líneas.

No existe ningún decreto disciplinar o pontificio que condene éste último. Solamente en 1940 y 1944 la Sagrada Congregación de FIDE en un decreto disciplinar para la América del Sur, dictamina que “no puede enseñarse con seguridad” que Jesucristo reinará corporal o visiblemente en la tierra. Es lógico que un reinado grosero o meramente materialista hoy día no lo admite nadie.

Pero este dogma de fe de la vuelta de Nuestro Señor y su Reino, quedó muy oscurecido y soterrado durante muchos siglos, a partir del IV; ¿por qué razones o motivos? Es muy complejo comprenderlo y explicarlo. En primer lugar porque pasaron los años de la primera centuria, murieron los apóstoles y sus inmediatos sucesores y la llegada del Señor no se verificaba... y sobrevinieron las dudas, las vacilaciones, los razonamientos explicativos. Y a medida que la fe se desvanecía y se disipaba por el choque de las herejías y el empuje de las hordas bárbaras que irrumpían por las fronteras del Imperio romano, la idea de una próxima vuelta del Señor de esfumó, y quedó bloqueada ante la perspectiva de la conversión de los pueblos paganos y la cristianización de las hordas invasoras de los bárbaros.

 Solamente ante la llegada del año mil y los vaticinios de los copistas del Apocalipsis, anunciando calamidades y trastornos en los pueblos, con la invasión de los mahometanos, volvieron a recordar a los pueblos que las calamidades, terremotos, pestes y demás flagelos que azotaron a la humanidad alrededor del primer milenio, podían hacer retoñar la idea del juicio y del fin de los tiempos, según las descripciones presentadas por exegetas deficientemente preparados y una humanidad sumida en la ignorancia.

 Pasaron los terrores del año mil, y la llegada de una nueva civilización neopaganizante con el Renacimiento  y los trastornos de la Revolución francesa, ahogaron de nuevo en las neblinas de la inconsciencia y el pragmatismo racionalista, la expectación del retorno de Nuestro Señor a este mundo, y las verdades transcendentes quedaron ofuscadas y casi desterradas de los pensamientos y comportamiento de muchos que se llamaban cristianos y eran, en realidad, agnósticos en religión y liberales en su comportamiento.

La cuestión de la Parusia sigue siendo la gran cuestión del cristianismo y, por consiguiente, que en sí misma no es cuestión en absoluto: Es un artículo de FE, pero ¿cuántos cristianos lo viven o influye en el comportamiento de su vida?.

Para comprender mejor esta cuestión no debemos olvidar nunca estas palabras del profeta Amos (III, 7) “El Señor Yahvé no hace nada sin revelar sus secretos a sus servidores los profetas”, y en el Cap. IX, 1-7: “El anuncio público de la Justicia de Dios no es ciertamente más que una manifestación de su Amor. La amenaza de castigos divinos es siempre una señal de su Misericordia”

Podemos añadir para comprender los sucesos actuales y la prodigalidad de las manifestaciones del Señor, las palabras verdaderamente resolutivas del Profeta Joel (III, 1-5): “En los últimos tiempos, dice el Señor, sucederá que Yo derramaré mi Espíritu sobre todo ser viviente: Vuestros hijos y vuestras hijas hablarán discursos inspirados, los jóvenes tendrán revelaciones y los ancianos sueños proféticos. En ese día Yo derramaré mi Espíritu también sobre los esclavos y los sirvientes”.

Por esa razón, en estos últimos tiempos, abundan, como nunca, los hechos extraordinarios, sin explicación plausible de la razón, y las múltiples manifestaciones de anuncios de castigos y de la Justicia del Señor en su triunfo final.

Las apariciones de la Milagrosa, en París, Nuestra Señora de la Salette, Lourdes, Fátima, Garabandal etc., son acontecimientos actuales de resonancia universal. Su ignorancia y desestima nos hacen reos de imprudencia y jactancia irracional o petulancia despectiva.
La incredulidad sistemática a toda intervención divina “a priori”, en la historia humana, puede constituir un gran peligro para las almas, sobre todo cuando este comportamiento, irracional para un creyente, proviene de los pastores de ellos. Este es el gran drama de los tiempos actuales. Ante los problemas de la existencia de Dios y de las verdades religiosas, un hombre sabio, si lo es de verdad, lo menos que puede hacer es callarse y reconocer su ignorancia, dice el hombre de ciencia, D. Santiago Grisolía.

Satanás, juega su trama como un gran artista con las apariencias de integrismo y defensa de la Religión, y los excesos de los demasiado crédulos nos avisan del peligro del iluminismo, y nos recuerdan que los Apóstoles y primeros discípulos, llamaron, también, visionarias a las santas mujeres a su vuelta del sepulcro, sin embargo, la prudencia de Pedro y Juan les hizo ir al sepulcro para comprobarlo y cerciorarse de la verdad, con sus propios ojos. Sólo Santo Tomás se mostró recalcitrante. Pero ya sabemos las palabras con que le reconvino el Señor: “Tomás, porque has visto has creído: bienaventurados los que creyeren sin ver”. Y entre esos bienaventurados ojalá nos encontremos tú y yo, para gloria del Señor, santificación de nuestras almas y estímulo de nuestros hermanos.[2]


[1] Alerta Humanidad, Rachel Adams y Alfredo Bonicelli
[2] Estos Últimos Tiempos según notables profecías, Rachel Adams.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Profecias en la Sagrada Escritura


Todas las profecías se basan  en textos bíblicos y sagrados, extraídos del Apocalipsis y del Nuevo y Antiguo Testamento, y los tiempos prueban que todo lo que estaba escrito se realizará.

La gran promesa pendiente aún de realizarse es lo que pedimos en el Padre Nuestro que nos enseñó Jesús cuando los discípulos le pidieron que les enseñase a orar: “Venga a nosotros tu Reino”. Algunos dirán que Jesús en el interrogatorio que le hizo Pilatos dijo que “mi Reino no es de este mundo”, pero lo que realmente dijo el Señor fue[1]:

33 Introivit ergo iterum in praetorium Pilatus et vocavit Iesum et dixit ei:“Tu es rex Iudaeorum? ”.
34 Respondit Iesus: “ A temetipso tu hoc dicis, an alii tibi dixerunt de me? ”.
35 Respondit Pilatus: “ Numquid ego Iudaeus sum? Gens tua et pontifices tradiderunt te mihi; quid fecisti? ”.
36 Respondit Iesus: “ Regnum meum non est de mundo hoc; si ex hoc mundo esset regnum meum, ministri mei decertarent, ut non traderer Iudaeis; nunc autem meum regnum non est hinc ”.
37 Dixit itaque ei Pilatus: “ Ergo rex es tu? ”. Respondit Iesus: “ Tu dicis quia rex sum. Ego in hoc natus sum et ad hoc veni in mundum, ut testimonium perhibeam veritati; omnis, qui est ex veritate, audit meam vocem ”.
38 Dicit ei Pilatus: “ Quid est veritas? ”. Et cum hoc dixisset, iterum exivit ad Iudaeos et dicit eis: “ Ego nullam invenio in eo causam.
39 Est autem consuetudo vobis, ut unum dimittam vobis in Pascha; vultis ergo dimittam vobis regem Iudaeorum?”.
40 Clamaverunt ergo rursum dicentes: “ Non hunc sed Barabbam! ”. Erat autem Barabbas latro.


Por lo tanto el Señor está diciendo que su Reino nunc-ahora- no es de este mundo. Si no es de este mundo ahora, esto es cuando el Señor era juzgado por Pilatos, quiere decir que lo será en el futuro, puesto que les ha encargado a sus discípulos que así se lo pidan al orar al Padre Celestial. Este Reino futuro a que se refiere el Señor es el Reino de los Santos del Altísimo a que se refiere Daniel.

En los “Hechos de los Apóstoles”, capítulo 1º, dice que se les apareció durante cuarenta días hablándoles del reino de Dios. Los reunidos le preguntaban: “Señor,  ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel? El les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder;…

Aquí el Señor les dice a los apóstoles que no tienen porqué conocer los tiempos fijados por el Padre, luego existe en el plan de Dios un tiempo en que será restablecido el reino de Dios.


[1] S. Juan  18, 33 y ss.